UNIDAD CENTROAMERICANA
El Art. 55 de la Cn. expresa que los fines de la educación son entre otros: "...conocer la realidad nacional e identificarse con los VALORES DE LA NACIONALIDAD salvadoreña, y propiciar la UNIDAD DEL PUEBLO CENTROAMERICANO..."
jueves, 8 de septiembre de 2016
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Flor de izote
Oswaldo Escobar Velado
Blanco se vuelve el aire que te mece
En torno de tu cielo y tu ternura.
Para cuidar tu mundo de blancura
Un ángel blanco como tú amanece.
Espiga de la flor, flexible espiga.
Cómo musical el viento en que te aromas.
Cada flor de tu flor, en las mañanas,
Es una campanilla en que desgranas
El silvestre rumor de las barrancas.
De los verdes puñales del izote
Surge tu blanco y delicado brote
sábado, 16 de julio de 2016
lunes, 11 de abril de 2016
Las sábanas de la vecina
Una
mujer le comenta a su esposo:
-
¡Qué sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero! –– Tal vez necesite
un jabón nuevo – ¡Ojalá pudiera ayudarla a lavar las sábanas!
El
marido la miró sin decir palabra alguna.
Cada
dos o tres días la mujer repetía su discurso, observando siempre a través de la
ventana, a su vecina tender la ropa.
Al
mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tender las sábanas blancas, como
nuevas, limpias; y le dijo al esposo:
-
¡Mira, al fin aprendió a lavar su ropa! ¿Le enseñaría otra vecina?
El
marido respondió:
-
¡No! Hoy me he levantado temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana.
Interesante
lección
Tanto
la que da el esposo al no objetar a su esposa; como la que se infiere del contexto
general. Resulta que a veces criticamos sin conocimiento; e incluso, sin
pensar que quizás los que estamos mal somos nosotros.
“Todo
está en el color del cristal con que se mire”.
jueves, 24 de marzo de 2016
Fraternidad humana
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Así como el amor es el lazo de unión de los corazones, así la
fraternidad humana es la alianza de todas las almas. El amor universal vive en
el seno de esa amada madre, la naturaleza, que todos los días da a sus
hijos el ósculo de paz. Al aparecer el alba el sol brillante envía sus rayos a
todos los senos del planeta e invita a todos los seres de la creación que
crujan el espacio en busca de vida y amor. Y en ese festín de la naturaleza el
amor alza la copa de la fraternidad y llama a todos los seres a saborear el
néctar de la vida y a derramar los raudales de la ternura y la simpatía.
Esto pasa en el gran teatro de la naturaleza, pero en el mundo social de
los hombres, esa paz y armonía no existe entre ellos. El hombre, animal
privilegiado, que destruye para vivir, se halla dotado de una gran fuerza, la
inteligencia, espada de dos filos que ciega existencias por todos lados
cubriendo el planeta con el despojo de los pueblos, con la ruina de las ciudades,
con el furor de guerras inicuas, con toda clase de horrores.
Pero si esto es verdad, la mirada de los pensadores, de los filántropos,
de los apóstoles de caridad, va penetrando en los abismos de la vida,
confortando los resortes del progreso, y la voz de la filosofía va lanzando sus
rayos de luz hacia los oprimidos, dirige sus imprecaciones sobre los ambiciosos
de la tierra, levanta la frente del justo, alza al humilde, aniquila la
discordia, ilumina la justicia, hace triunfar la virtud, y aconseja a todos los
hombres a vivir como hermanos, a formar del universo una sola familia y a
extender la felicidad por todos los ámbitos del mudo. Las razas se unifican;
los Estados se federan; los pueblos buscan a otros pueblos por la identidad de
la lengua, de las costumbres, de los comunes intereses; y la actual civilización
a pesar de sus caídas y de sus errores presenta ya una vasta y halagüeña
atracción de pueblos, para ir acercando a las naciones y formar esos núcleos
potentes que ensanchan los horizontes del progreso y proveen a su propia
seguridad e independencia.
La civilización, pues, tiende a internacionalizarse. Las ciencias, el pensamiento, el arte no conocen fronteras; los genios nacen en todos los senos del planeta, no reconocen supremacía de lenguas ni de razas. La humanidad se eleva triunfalmente sobre las diferencias nacionales. El dominio de las artes, las exigencias sociales y económicas derrumban las fronteras de los pueblos vecinos, aunque sean rivales; los descubrimientos del uno, como el oro del otro, pasan en una corriente irresistible a los cerebros y a las cajas de amigos y enemigos; es decir, ideas, sentimientos e intereses crean la corriente del internacionalismo, los cimientos de la fraternidad humana.
La civilización, pues, tiende a internacionalizarse. Las ciencias, el pensamiento, el arte no conocen fronteras; los genios nacen en todos los senos del planeta, no reconocen supremacía de lenguas ni de razas. La humanidad se eleva triunfalmente sobre las diferencias nacionales. El dominio de las artes, las exigencias sociales y económicas derrumban las fronteras de los pueblos vecinos, aunque sean rivales; los descubrimientos del uno, como el oro del otro, pasan en una corriente irresistible a los cerebros y a las cajas de amigos y enemigos; es decir, ideas, sentimientos e intereses crean la corriente del internacionalismo, los cimientos de la fraternidad humana.
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| Solidaridad |
martes, 8 de marzo de 2016
Altruismo y egoísmo
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
La sociabilidad es la condición primera del progreso de la humanidad; es
una especie de instinto que hace desde remotos tiempos que la familia, la
tribu, el pueblo, la ciudad busquen la reunión del esfuerzo común como factor
indispensable en la conservación de la especie, y para sumar las utilidades y
ventajas de la asociación humana. Así, la familia creó afectos profundos, derechos
y deberes indispensables a la existencia. Aquí comenzó a hacerse presente el
altruismo mezclado con el amor al emplear los padres su vida, sus recursos, sus
anhelos, los sacrificios maternos para criar y educar a sus hijos. Si de la
familia pasamos al pueblo, a la ciudad, a la nación, hay ahí un instinto
general, bajo cuyo imperio el hombre es impulsado hacia el hombre; busca su
vecindad, porque la soledad es un cautiverio que entristece la mente y aniquila
toda idea útil, anula las costumbres, endurece el espíritu y lo hace huraño a
todos los incentivos que procura la asociación, le sustrae simpatías y
sentimientos, alegría, todo lo cual parece una especie de contagio irresistible
que se hace sentir en todos los individuos que forman la asociación.
Y luego, constituida la sociedad humana, el hombre tiende a las
distinciones, al poder, a los títulos, al rango social, a la riqueza, a la
gloria por los méritos y el talento, a la bonanza que procura el trabajo, como
necesidades sociales inherentes a la humana naturaleza. Surgen, enseguida,
pasiones nobles como el patriotismo, el heroísmo, la caridad, la abnegación,
el sacrificio que han ennoblecido el espíritu humano y lo han llevado a
realizar todas esas obras de caridad y beneficencia que son manifestaciones
sublimes del más acabado altruismo. Gracias al espíritu de éste los siglos XIX
y XX han esparcido las más nobles enseñanzas, han glorificado las batallas del
derecho, de la libertad, las ejecutorias de la justicia, realizando los
descubrimientos más portentosos, las empresas de utilidad pública y exaltado
las virtudes cívicas como elementos de la libertad de los pueblos.
Y gracias a este desenvolvimiento del espíritu humano apareció el
altruismo de un Washington que no fincó sus glorias en las proezas militares,
sino en hacer libres y felices a los pueblos; apareció el altruismo de un
Bolívar que creó la democracia y el amor a la nueva patria; sacrificó sus
intereses, su familia, expuso mil veces su vida, conjuró la ingratitud y la
traición, improvisó, tropas, jefes y oficiales, rehusó honores y riquezas y de
victoria en victoria fundó al fin la libertad de cinco Repúblicas, y vino a morir
a Santa Marta sin tener segunda camisa que ponerse. Estos dos ilustres varones
son la gloria del Nuevo Mundo, honor del género humano, personajes insignes que
figurarán en las páginas de la historia entre los más grandes de todos los
pueblos y de todos los tiempos. Altruistas fueron Vicente de Paúl, Francisco de
Sales, Carlos Borromeo que auxiliaron a los pobres desvalidos, predicaron las
virtudes, exaltaron el amor a la humanidad y pasaron su vida consagrados al
servicio de todos los hombres.
Altruistas fueron aquellos eximios varones, en época de oscurantismo,
opresión e intolerancia, los Lope, Calderón, Rioja, Góngora, Quevedo, Herrera,
Tirso, Alarcón, Cervantes, Santa Teresa, Fray Luis de León, Feijoo, Saavedra, que
adelantándose a nuestro tiempo, en medio de un pueblo sin adelanto, sin luz,
crearon, no obstante para la nación española un mundo de genios, de arte, de
ciencia, de virtudes, una literatura excelsa, claridades de libertad,
sentimientos heroicos que hicieron de España la nación legendaria del valor y
de la audacia. Altruista fue Lincoln que luchó por la libertad de 7 millones de
esclavos.
Las pasiones afectivas en el hombre están ligadas por apetitos
conservadores y defensivos por un intermediario peligroso: el amor de sí o
egoísmo, pasión innoble que absorbe todo el ser del individuo; para él no
existe la humanidad, para él sólo existe la gloria, el bienestar, la riqueza, los
honores, y erige así, en su interior, un altar a esa deidad rastrera y vil que
se llama la idolatría de sí mismo. En esa ara sacrifica en favor de la
satisfacción de sus sentidos, oficia por la ambición y la avaricia. Este egoísmo
hizo de Julio César un esqueleto con su calvicie prematura; las ansias de oro
transformaron a Harpagón y Aulurario, sátrapas humanitarios, en seres
enclenques, enfermizos, envejecidos.
Las consecuencias deletéreas y desastrosas del egoísmo, en la sociedad
alcanzan proporciones inmensas. Las naciones corroídas por ese germen fatal y
devorador, relajan todos, los lazos de unión, de bien estar, de amor social;
ese egoísmo estúpido es el que fomenta la discordia, el servilismo, la pérdida
de todo sentimiento digno. La grandeza de un país no consiste tanto en la
abundancia de sus riquezas, ni en el esplendor de las artes, de la industria o
del comercio, sino en la abnegación de sus conciudadanos, en la probidad de sus
jefes, en la alianza de todos los esfuerzos, para contribuir al
engrandecimiento de la nación y darle a esta toda la pujanza contra la opresión
extraña. La ambición de mando y riquezas, egoísmo político, ha causado inmensos
males en algunos pueblos de nuestra raza. El egoísta social es peligroso por su
indiferencia para el bien general, para el impulso de todo progreso, para
cooperar con los demás en los días de infortunios, catástrofes, para dar su
óbolo en las obras de caridad, en las empresas, nobles del deber nacional,
cuando la patria está en peligro.
El egoísmo ha llegado en la época presente, como dice un notable
pensador, a ser un espectáculo desconsolador; no se oculta, se ostenta. No es
tenido por pasión vergonzosa, sino por cualidad legítima y aun estimable. Y así
lo vemos practicar por naciones civilizadas en las empresas más inicuas por
favorecer los más sórdidos intereses; los pueblos al parecer unidos por la
conveniencia política y la generosidad, se hacen una guerra económica vinculada
en los intereses; dentro de cada país los productores y monopolistas se
disputan los beneficios de la protección oficial para aniquilar la competencia
y dar pábulo a la más desenfrenada codicia.
Tal es el mundo de pasiones que agita el egoísmo bajo sus diversas formas y que parecido a ese fuego central del orbe que disloca y estremece sus entrañas, arroja también en la sociedad la lava candente que destruye pueblos y naciones.
Inviolabilidad de la vida humana
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Grave y trascendental cuestión es la de la inviolabilidad de la vida
humana, más para ser tratada de lo alto de la cátedra jurídica, que del humilde
pupitre de un didáctico o filósofo, cuyo fondo de erudición solo puede
derivarlo de las enseñanzas morales de las aulas.
Repetir aquí todo lo dicho en pro o en contra de la pena capital, sobre
la justicia o injusticia que envuelve, sobre el derecho que unos afirman tiene
la sociedad para imponerla y la negativa de otros, por qué ataca los principios
de la justicia universal y la felicidad de todas las asociaciones políticas
(Beccaria), esto, y más, sería caer en una redundancia inútil.
Apelando a la ley natural esta rechaza el homicidio, y no permite matar
a otro, sino en propia defensa. El deber de la propia conservación da el
derecho de quitar la vida al agresor. Que la sociedad debe proteger y defender
a los asociados, es incuestionable; pero matar para garantizar los ciudadanos
es una consecuencia falsa y monstruosa.
La sociedad no se venga, castiga después de madura reflexión. Para
castigar un crimen, comete otro más odioso y ejecutado en medio de la seguridad
y de la meditación, castigo que tiene todas las formas de la venganza. (En este apartado es preciso reflexionar
sobre la transformación de la concepción de la pena como castigo, sus fines
quedan establecidos en la Constitución de la República de El Salvador (1983),
artículo 27 inciso 3° que a la letra dice: “El Estado organizará los centros
penitenciarios con objeto de corregir a los delincuentes, educarlos y formarles
hábitos de trabajo, procurando su readaptación y la prevención de delitos”.)[1]
¡Lindo espectáculo el de llevar al patíbulo a un hombre para servir a la
ávida curiosidad de un populacho, entre báquicos cantares, para ir a presenciar
el último suspiro de un condenado!
¿No sería mejor, más conveniente que las penas fueran de carácter moral,
divisibles, remisibles, reparables, ejemplares, correctivas? La pena capital no
ejemplariza, ni moraliza, todo lo contrario. Ejemplo de enmienda no da, puesto
que es sabido que varios de los que presenciaron esas ejecuciones han caído más
tarde bajo la cuchilla de la Guillotina o perforado el pecho por las balas. Ese
cadáver que arrojáis a la fosa común os lega una familia sin pan ni hogar, una
viuda que se prostituye para vivir, hijos que roban para comer. Dumolard,
ladrón a los cinco años, era huérfano de un guillotinado. En 1894 fue ejecutado
en Melun un tal Mora, en la misma plaza, donde el año precedente había asistido
a una ruidosa ejecución capital. El temor de la muerte no fue para este joven bandido
un ejemplo que lo sustrajera de la comisión de sus terribles atentados. No es,
pues, justa, ni ejemplar la pena de muerte.
El doctor Cabral dice: «El freno más propio para prevenir el crimen no
es el espectáculo terrible pero momentáneo de la muerte de un malvado, sino el
ejemplo constante de un hombre privado de su libertad, que está, pagando con su
trabajo doloroso, el daño que ha causado.» Mas humanitario y digno de una
civilización avanzada es arrancar del patíbulo a un hombre que puede mejorarse,
acaso, ser un hombre útil por medio de la enseñanza, de los consejos de la
moral, del buen ejemplo; relegado en una penitenciaría, bajo un buen sistema de
corrección, de seguridad, de trabajo que lo estimule, que lo moralice,
decrecería la criminalidad y desaparecería el afrentoso espectáculo de los
cadalsos. Más de once naciones han abolido el patíbulo en sus constituciones, y
en nuestra América Central, Costa-Rica, se lleva la gloria de haberla suprimido
hace tiempo, sin que por eso sean comunes ahí los grandes crímenes; todo lo
contrario. En 1908, Mr. Guyot Dessaigne, Ministro de Justicia, propuso al
Parlamento francés un proyecto de abolición de la pena capital, reemplazándola por
una nueva pena: el internamiento perpetuo como en Italia (la Constitución prohíbe este tipo de penas); todo acompañado de
una documentación admirablemente completa; pero prevaleció el miedo de los legisladores
contra todos los argumentos de la razón, de la filosofía, del derecho. Así para
los sofistas, defensores del patíbulo, la defensa de la inviolabilidad de la
vida humana, es obra solo de los retóricos y filósofos, movimientos de
humanitarismos; pero ellos, los sofistas, abultan los crímenes, multiplican el
número de criminales, enloquecen a las masas con el espectáculo siniestro de
los crímenes, todo por conservar la última de las supersticiones penales del código,
resto de barbarie que lleva el espíritu de nuestras leyes.
La Psiquiatría ha abierto nuevos horizontes a la medicina legal, y los
médicos criminalistas por medio del estudio de las enfermedades mentales han
llegado a la conclusión, de que muchos grandes criminales no son más que enajenados
que pueden volverse a la vida normal por medio de un tratamiento adecuado. Mientras
llega el día en que nuestros legisladores concluyan con la pena de muerte,
iniciemos en la escuela ideas de moral, de religión, de nobleza de alma y
sanidad del corazón, de confraternidad y humanitarismo, de todas las virtudes
tutelares de la sociedad, que esos grandes elementos sean como los precursores
que, en día no lejano, contribuyan a establecer en la atmósfera social primero,
y después en el seno de las Asambleas, la ley redentora de la vida humana.
Es necesario
reflexionar sobre la concepción del Dr. Guzmán, sin embargo, en la actualidad
muchas de las consideraciones referidas se han transformado una y otra vez, a
través de las décadas. La crisis delincuencial que se vive en el momento actual
hace que algunos sectores se pronuncien a favor de la pena de muerte; ahora bien, sí es de imperiosa necesidad que se tomen medidas para proteger la vida de las personas; pues es obligación del Estado, tal como lo establece el artículo 2 de la Constitución (1983).
En conclusión, la vida debe protegerse.
En conclusión, la vida debe protegerse.
Honestidad
La honestidad es un valor moral que consiste en ser y actuar con probidad, rectitud, justicia, sinceridad y veracidad.
Es la capacidad de una persona para decir la verdad, sobre sí misma o el entorno.
La práctica de este valor es fundamental en todas las relaciones humanas, tanto de amistad, como en el noviazgo, entre cónyuges, familia, en el trabajo, en fin. La persona honesta es franca, pero también fiel en sus compromisos de estudio, laborales y con el Estado (paga sus tributos).
El leñador
Hace mucho tiempo, en un lejano lugar vivía un leñador con su familia. Todos los días salía a cortar leña, la que luego vendía, así podía conseguir el sustento para su mujer e hijos.
En una ocasión que regresaba con la carga de leña al pasar por el puente, se le cayó el hacha al río, la que fue arrastrada por la corriente.
El leñador que era de escasos recursos, muy triste se lamentaba.
- ¿Qué haré ahora que no tengo el hacha? ¿Cómo conseguiré sustento para mi familia?
De pronto y para su sorpresa apareció en las aguas del río un bella ninfa, quien le dijo:
- Espera buen leñador, yo te traeré el hacha.
La ninfa se hundió en las aguas del río, saliendo luego con una hacha brillante de oro puro; y preguntó:
- ¿Es está tu hacha?
El leñador contestó:
- No, esa no es la mía.
La ninfa se hunde una vez más en las aguas y saca un hacha de plata, preguntando:
- ¿Es esta?
El desconsolado leñador, le dice tristemente:
- No es mi hacha.
Por tercera vez la ninfa se sumerge en las aguas y esta vez emerge con un hacha de hierro en sus manos; y pregunta:
- ¿Es esta el hacha que se te cayó?
Muy contento el leñador contesta:
- Esa es mi hacha.
El leñador agradeció a la ninfa, quien le dijo:
domingo, 28 de febrero de 2016
viernes, 26 de febrero de 2016
Deberes de caridad
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Nada hay que perfeccione más al hombre que ese sentimiento grandioso que
se llama amor. Nada hay que le santifique más, que el espíritu de caridad. Cuando
la aurora rasga su manto de luz y nos presenta un anciano enfermo, un débil
niño, un menesteroso cargado de andrajos y miseria, del fondo del firmamento parece
descender sobre ellos una hada encantadora coronada de estrellas, llena de
ingentes dones y de religioso silencio: es la caridad. Porque la caridad es luz
vivificante que hace evaporar las lágrimas del sufrimiento que suben al cielo
como mudo testimonio del dolor sobre la tierra, como una plegaria de los que
sufren trasmitida a Dios por la voz de los ángeles. En el orden de la
perfección la caridad es superior a la fe y a la esperanza, porque estas virtudes
no son más que las alas de la caridad, en la que brilla el pensamiento divino.
Por eso ha descendido del cielo para fortalecer el corazón del hombre y le ha
inspirado esos esfuerzos generosos que bajo la forma de fiestas mundanas, de
visitas domiciliarias, de asilos, hospicios y hospitales son el alivio poderoso
de nuestros semejantes. La caridad se abre paso a través de la tierra y llega
al dolorido seno de todos los pueblos como un océano luminoso, cuyas aguas
redentoras inundan de amor todos los corazones, consuelan y alivian las almas
desfallecidas, las esperanzas muertas, los estragos de la miseria.
Ella es mensajera divina que se acerca a todos, los que lloran y les
reparte esperanza y alegría; ella lleva las gracias que el Señor envía a los
tristes que moran en la tierra y conforta al moribundo que exhala sus últimos
suspiros; da de beber al sediento, de comer al hambriento, salud al enfermo,
ropa al desnudo, descanso al peregrino, libertad al preso, tumba al muerto, luz
al ignorante, fortaleza a la razón, correctivo a los errores, consejo al
ignorante, perdón a la injuria, y eleva a Dios por todos la plegaria. El que ejerce
este sublime sacerdocio, recoge en la tierra las bendiciones de los hombres, y
en el cielo, el amor de Dios, porque la caridad es la sublime identidad de Dios
con el alma de la humanidad.
Por eso brilla la caridad, como fúlgida estrella, sobre la frente de la
mujer piadosa; por eso nuestras madres, santas ya por su misión sobre la
tierra, están rodeadas por esa estela luminosa que dirige al virtuoso y le ata
al cielo con esa maravillosa cadena tendida sobre el curso infinito de los
siglos.
La limosna es una de las formas de la caridad y la oración en práctica.
Es el rédito de nuestro capital en el cielo, y, como decía el gran Fenelón, es
letra de cambio sobre la eternidad, que allá encontraremos pagadera a la vista.
El hombre siempre mira la mano con que da y da lo necesario; la mujer da lo
necesario y da también su corazón.
La solidaridad humana es una prueba evidente de que la virtud crece y se
desarrolla fecunda en el corazón humano. Gracias a ella se construyen
hospitales, hospicios, dispensarios y asilos en donde la beneficencia pública
asiste, cura y enseña a los desvalidos; la caridad privada reparte limosnas, vestidos,
medicinas, alimentos y practica visitas domiciliarias a los pobres; funda
sociedades de socorro. Sala-cunas, Gotas de leche que multiplican sus obras de misericordia
sin buscar gloria ni honores, sino la aspiración espontánea del corazón,
confortando a todos con su afecto inteligente y caritativo. Si la infancia está
protegida por los esfuerzos de la caridad, también ha dirigido su mirada hacia
la ancianidad provecta, enferma y desvalida, hospitalizando a los ancianos en
establecimientos cómodos e higiénicos, donde los viejos encuentran generoso
abrigo y sustento en las postrimerías de su tormentosa vida.
Deberes generales del ciudadano
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
A la verdad, el estudio de los derechos y deberes del ciudadano entra de
lleno en la práctica de la enseñanza general, sobre todo, cuando se trata de
los principios fundamentales que deben guiar al hombre a través de su
existencia política y social. Los preceptores son pues, los llamados en primer
término a contribuir eficazmente en la propagación y comprensión de los
principios consignados en nuestra legislación por medio de breves y claras
explicaciones que elevando la razón individual hacia materia tan importante,
comiencen a formar desde las aulas a los que más tarde intervendrán en la
administración del Estado. La enseñanza de los derechos y deberes del hombre se
deriva del principio fundamental de la institución de la escuela, que es la
formación de buenos ciudadanos.
El conocimiento del derecho positivo es necesario para toda asociación
democrática que, como la nuestra, tiene que tomar participio más o menos activo
en todas las manifestaciones del sufragio universal, de las garantías
individuales y de otros derechos imprescriptibles de que todo ciudadano debe
tener un conocimiento más o menos completo.
Es necesario dar al alumno ideas claras sobre el mecanismo y
organización del gobierno, de la administración de justicia, atribuciones de
los supremos poderes, de las autoridades subalternas, garantías individuales,
nociones de derecho político, igualdad civil, ley del trabajo, santidad de la
familia, de la propiedad, entre otros.
1°.- A la cabeza de los deberes debe colocarse la obligación de observar
y respetar la ley. Ese respeto es lo que constituye la fuerza y esplendor de la
nación. Gracias al cumplimiento de estos dos preceptos, se hace efectivo el goce
del derecho, la seguridad del comercio y de la industria, el fácil cumplimiento
de todos los deberes. Está, pues, en el interés general, que todo ciudadano
observe fielmente la ley, pues que así están garantizados los más caros
intereses de la Nación. Las infracciones de la ley son traiciones al bien
público, son la anarquía, el despotismo, el motín latente o en acción.
2°.- Hay deber fiscal, que es la obligación de pagar los impuestos
establecidos por la ley, para que el Estado pueda administrar los servicios
públicos. Sustraerse a este deber es quitarle al Estado los recursos que debe
emplear en favor de la comunidad, estancar la fuente de todo progreso.
3°.- Está el deber militar, porque la Nación tiene necesidad de
defensores; tiene derecho de pedir a sus hijos las cargas del servicio militar
que, equitativamente organizado, llena su alta misión civilizadora, basado como
está, en el sentimiento del honor y del amor patrio.
4°.- Está el deber electoral, ingente función, pues los intereses de la
Nación están en manos de los elegidos del pueblo que toman asiento en los
Congresos, en los Consejos municipales, en la magistratura, y por eso el elector
debe tener conciencia clara de la honradez, idoneidad, fidelidad de sus
mandatarios, dando un voto libre e ilustrado.
5°.- Está el deber escolar, por el que los padres de familia deben
vigilar que sus hijos aprovechen la educación que les da el Estado con el
interés que inspira esa primera y más importante función social. Educar es
prosperar, favorecer el desarrollo intelectual, físico y moral de los futuros
ciudadanos, a fin de que la sociedad pueda más tarde emplear todas las fuerzas
sociales que se deriven de la instrucción. Educar es civilizar, y por tanto,
todos tienen el deber de instruirse para que puedan cumplir mejor sus deberes
de ciudadanos y cooperar en todo sentido al engrandecimiento nacional, que es
una de las formas más augustas del patriotismo.
6°.- Entre los deberes generales está el de desempeñar los empleos
públicos a que sean llamados los ciudadanos. El deber de los empleados públicos
radica en el exacto cumplimiento de las funciones que les han sido confiadas. En
la categoría de los deberes de esta clase hay que deslindar dos condiciones:
una que se refiere al buen desempeño de sus funciones, y otra que se relaciona
con su conducta disciplinaria respecto a sus Jefes y esta está supeditada a los
deberes sociales en general, y su infracción implica una sanción penal.
La función del empleado es personal y directa respeto al cargo que
ejerce. El desempeño de esa función es plena en toda la esfera que le
corresponde, sin poderla abandonar, salvo el permiso de la superioridad. La
buena conducta del empleado da mayor realce a su autoridad, al respeto que debe
a sus Jefes jerárquicos, al decoro de la persona, a la moderación y atenciones
que son debidas al público que concurren a las oficinas administrativas, evitando
los tonos destemplados y los desplantes de ciertos empleados que hacen mal uso
de su posición y se atraen así antipatías y censuras. En los detalles de los deberes
del funcionario público, se comprende el de la correspondencia administrativa,
en la cual no le es permitido, en razón de su cargo, participar en actos que
implican infracciones legales de interés particular, de orden público o de
carácter constitucional. Debe estar muy lejos del prevaricato y de la
infidencia, de la violación de secretos, denegación de justicia, fraude,
negociaciones turbias, en fin, todo lo cual atrae graves responsabilidades que
serán deducidas por los funcionarios respectivos.
Respecto a los cargos gratuitos, como
los concejiles, éstos son honorarios, obligatorios y gratuitos (no existen en la actualidad); y es
aquí, justamente, donde se pone a prueba el patriotismo, porque si bien es
cierto que estos empleados dedican su tiempo a la labor administrativa sin
estipendio alguno, mayor honra y satisfacción debe producirles dedicar sus
capacidades y energías al servicio de las poblaciones que son fragmentos del todo
patria.
martes, 16 de febrero de 2016
Haz a los demás todo lo que quieres que te hagan a ti.
Comparto la siguiente narración por la enseñanza moral que de ella se deriva, siempre y cuando se realice la correspondiente reflexión e interiorización del conocimiento.
"Era una familia
formada por el padre, la madre y un hijo. Después del fallecimiento del padre,
el hijo llevó a su madre a un asilo. El hijo sin paciencia para darle atención
a su anciana madre, y deseoso de aprovechar la vida; justificando su acción en
la falta de tiempo, la visitaba muy de vez en cuando.
Un día el hijo
recibió una llamada del asilo. Le informaron que su madre se estaba muriendo;
fue corriendo para verla antes de que falleciera. Al llegar el hijo, preguntó a
su madre:
- ¿Deseas que
haga algo por ti madre?
La madre
contestó:
- Quiero que coloques
ventiladores en el asilo, porque aquí no tienen. También quiero que compres
refrigeradoras, para que la comida no se dañe más. Muchas veces a lo largo de
estos años, dormí sin probar alimento.
El hijo muy
sorprendido y aturdido, le dijo:
- Madre, hasta
ahora me estás pidiendo estas cosas, precisamente cuando estás a punto de
morir; ¿por qué no me lo pediste antes?
La madre con
mucha tristeza, le miró profundamente y respondió:
- Hijo mío, me acostumbre
a vivir con hambre y calor, pero quiero que compres esas cosas, porque tengo
miedo que tú no te acostumbres a este sitio cuando estés viejo y tus hijos te
coloquen aquí".
lunes, 15 de febrero de 2016
Espíritu de familia. Orden en la casa.
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
El espíritu de familia lo forma esa vida dulce, tranquila y ordenada que
solo se encuentra en el seno del hogar; es esa paz inalterable que debe
reinar en él, y donde los padres son los patriarcas de ese cielo en que viven
los niños que son los ángeles; es ese lugar donde nacimos, donde están todas
las reminiscencias de nuestra infancia; es esa casita blanca rodeada de perfumadas
flores, de aves enamoradas, de cantos de alegría, de frutos almibarados, de sol
deslumbrante durante el día e iluminada por las estrellas del cielo durante la
noche; es decir, el nido de los sentimientos del corazón, de las virtudes del
alma que nos acercan a Dios y que marcan nuestro destino en el camino de la
vida. (Concepción
poética del ambiente en familia. En lo que se refiere al entorno natural,
poco queda en nuestro deforestado país.)
El espíritu de familia lo forma esa noble genealogía de amores y
recuerdos, de esperanzas y placeres de la infancia que nunca se olvidan; lo
forma esa primera escuela del hogar que ampara y favorece las primeras dulces
enseñanzas de la madre, los consejos del padre. Y luego, cuando los hijos
llegan a ser hombres, esa dicha de inclinar reverente la cerviz ante la
majestad de una cabeza cana, de besar la frente venerable de una madre, de una
esposa amante, y estrechar contra el pecho las cabecitas rubias de los ángeles
del hogar, como bálsamo de vida que la Providencia nos envía desde el cielo.
Los hijos llegan a la edad de abrazar un campo más extenso a sus actividades y entran
en posesión de una carrera o de un oficio.
La hija se recoge todavía en el seno del hogar, bajo los pliegues del
maternal cariño, a sentir el calor de la familia y la santa meditación del
porvenir. Pero pasan las horas de la adolescencia, y la hija de familia pasa
también el umbral de ese hogar para realizar su definitivo destino como esposa
y madre (actualmente también como profesional), augustas funciones que la hacen digna de todos los merecimientos y
atenciones. Pero el abandonar así los lazos queridos, ellos, los hijos, lleva
en sí el sentimiento del deber, y en la conciencia los rayos de la verdad y del
bien. Y todavía, en las postrimerías de la vida no se olvida el antiguo hogar
solariego, cuando los hijos ya viejos y valetudinarios vuelven hacia él la
mirada entristecida por los recuerdos, hacia ese cementerio de los corazones,
que al fin, nos ha permitido llegar al sepulcro llevando con nosotros los
últimos fulgores de la familia, mezclados con las esperanzas del cielo.
El amor al orden en la casa es un factor importante en el mecanismo de
la economía doméstica. El método consiste en dividir el tiempo del mismo modo
como se hacen los establecimientos de enseñanza. A cada ocupación corresponde
una hora determinada. Distribúyase el trabajo de los servicios y de los
sirvientes sin distraerlos de él para ocuparlos en otra cosa, adoptando un
sistema uniforme de acción a las mismas horas.
La idea del orden, puesta en práctica, puede decirse que es la mitad del
bienestar de la casa. La vista se reposa, con placer en un hogar donde reina la
simetría y el buen gusto, en donde todo se halla en aseo y buen orden; y por
eso admiramos esos hogares en donde impera el trabajo y la actividad que todo
lo alienta y vivifica para crear la prosperidad de la familia y los dulces
goces del hogar.
Una sociedad tan solidaria
del bien como debe ser la familia ha de apoyarse en las inapreciables ventajas
que traen el orden y la economía. El orden y la limpieza prueban hábitos
regulares y dan idea del espíritu de cultura del hombre.
Los amos (palabra que ha
desaparecido nada más en teoría) de casa deben manifestar a sus sirvientes cariño,
tolerancia y apacibilidad, y proceder con ellos con justicia, evitando las
órdenes altivas, hablarles con calma y sin orgullo, puesto que son seres
racionales dignos de amor y consideraciones; así es como se obtiene que los sirvientes
(a lo mejor haya sido reemplazada por algún
eufemismo), establecida la confianza en ellos, sean muchas veces los
mejores amigos y consejeros de la familia.
http://reflexionesvillalta.blogspot.com/p/distribucion-de-roles-en-la-familia_13.html
http://valoresvillalta.blogspot.com/2016/02/deberes-generales-del-ciudadano.html
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Obligaciones filiales
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Probablemente, el
pensamiento del Dr. Guzmán, parezca anticuado y hasta risible para nuestra
civilizada sociedad del siglo XXI; sin embargo, hagamos un esfuerzo por leer sus
palabras; tal vez encontremos el conocimiento que llevado a la práctica sea el
antídoto que nos permita salvar nuestro mundo. [1]
La familia no solo es un conjunto de personas que viven reunidas por el
azar de nacimiento, sino esa comunidad de almas, encargadas de hacer más
perfecta y útil la vida del hogar. El padre se afana por mantenerlo próspero y
atrayente; la madre cuida a cada instante de los pequeños, protege su debilidad
e inocencia, les inculca los primeros rudimentos del saber, vigila su conducta
más tarde, los lleva al templo para adorar a Dios e infundirles las verdades
religiosas; los vela en sus enfermedades con el más solícito cuidado; les
inculca lecciones de virtud, de dignidad, de justicia, de cordura y economía; los
consuela en sus penas y los acompaña en sus goces; y más tarde, ya más entrados
en la vida, coloca a los varones para que ganen su vida honradamente, y por el
matrimonio eleva a las hijas al rango de matronas para que den lustre a la sociedad.
¡Cuánta debe ser, pues, la
gratitud de los hijos hacia los autores de sus días por tantos desvelos y
sacrificios hechos por ellos! En todas las circunstancias de la vida deben considerarlos como los seres
más dignos y venerables, rodearlos de todas las consideraciones y respeto,
prodigarles todos los cuidados y consuelos en los días de desgracia o
enfermedad. La piedad ilustrada, esa que recuerda los dolores ajenos y
reflexiona sobre la obra santa de hacer el bien, nos está diciendo, que los primeros en nuestro corazón y en
nuestro espíritu deben ser nuestros padres; que debemos amarlos hasta el
sacrificio, que debemos engrandecer sus obras y su nombre, y que su memoria, si
brilla en la historia, debemos guardarla en el corazón como una dulce religión
que hemos de trasmitir a los demás.
Un hijo bien educado no debe emprender nada sin consultar con sus
padres, pues ellos, por las luces de la ciencia, por el conocimiento de los
hombres y de las costumbres, por su experiencia, están en aptitud sobrada de velar
por los intereses y felicidad de los hijos. Nuestro respeto y obediencia deben
ser profundos y esta última no debe tener límites sino los señalados por la
razón y la moral, pues la desobediencia, además de ser una falta grave, nos
traerá tarde o temprano los más amargos remordimientos y los más grandes
desengaños. Por la desobediencia desconocemos la autoridad paterna matando el
amor y el cariño, establecemos la rebeldía que anula todo lo santo y bueno que
debe existir en el hogar, damos entrada a la discordia que destroza la
solidaridad y el amor entre los hermanos, dándoles pésimo ejemplo de deslealtad,
aminorando ese celo que debe reinar en la familia para ayudarse mutuamente y
para que el hogar represente ese seno de concordia, que es el alma de todas las
buenas obras, la amplitud del amor y el deber.
Si el nombre, la persona o la memoria de nuestros padres son ya cosas
tan sagradas y estimables ante las cuales debemos quemar incienso; en grado
inferior, pero siempre digno y constante debemos tributar a nuestros mayores de
la familia, a nuestros caros abuelos, esos primeros eslabones del árbol genealógico
de la familia, nuestro respeto, amor y consideraciones. Tanto más, que la
veneración se impone hacia esos seres que van bajando los últimos peldaños de
la vida, hacia la noble y majestuosa vejez, esa que lleva cubierta la cabeza
con los rizos blancos de los años, que vive más la vida de ultratumba que la de los demás
mortales, y que nos revela un sentimiento natural e irresistible de respeto,
algo de sagrado que nos inspira la idea de la inmortalidad.
[1] Cursivas personales
sábado, 6 de febrero de 2016
martes, 12 de enero de 2016
Paternidad y maternidad
Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Los padres deben cuidar y atender desde la cuna la educación de los
hijos; de ahí se deducen los títulos de los padres que proceden de los
derechos y deberes que les señalan las leyes de la naturaleza y las
de las naciones. Pero, cuando por el pensamiento se evoca el personaje
maternal, irresistiblemente se graba en la mente el recuerdo de todos los
beneficios, el desprendimiento y abnegación que son inherentes a este nombre e inspiran
tal respeto que no se vacila un momento para acordarle todos los derechos a que es acreedora la
madre. Derechos que se inician desde la cuna del nuevo ser hasta que lo
educa progresivamente; actos importantes que por ley de lo creado le concede
igual parte a la del padre en la creación de su posteridad.
En la naturaleza moral es donde se revela en toda su plenitud y
esplendor este título de la maternidad. Ningún padre puede elevarse a la altura
de la madre en la ternura y abnegación; y sin desmerecer el afecto paternal que
existe muchas veces, en la madre nunca falta y es parte integrante de su vida.
Cuando un hijo muere, el padre llora, pero el tiempo desvanece este dolor; para
la madre es herida que no cura nunca. Ni el trascurso del tiempo, ni las desgracias
de la fortuna, ni las mayores calamidades harán olvidar a una madre las
desgracias del hijo. Así, pues, Dios ha asignado a la maternidad en esta parte
un papel tan preponderante que le da la supremacía en la familia.
Quedan al padre los deberes de orden económico y social que robustecen
su autoridad, todos los elementos de la vida exterior del hogar, el tacto y
poder para dirigir al hijo en las relaciones sociales, el poder de ampararle en
todos los trances, y sobre todo de procurarle una educación completa y
adecuada. Ambos títulos, paternidad y maternidad, se igualan, se ponderan
eficazmente para el mejor gobierno de la familia. La autoridad paterna no se
verá por esto disminuida, si ella se penetra de lo noble que es asociar su
esfuerzo al de su compañera para amar más al hijo, para realizar mejor las
esperanzas de su porvenir, para fortificarlo en sus deberes y sentimientos.
Deberes propios de
la maternidad.
El amor a la descendencia es el sentimiento más
puro y santo. No podía ser de otro modo, ni el hombre podrá desconocer el
eterno agradecimiento que debe a aquella mujer que lo alimentó con su propia
sangre. De allí ese amor sin límites hacia la madre que más tarde se convierte
en una dulce religión. Desde que nace el niño el amor al hijo ocupa todos los instantes
de la mujer: le procura los primeros cuidados aconsejados por la ciencia, le
viste, rodea su sueño de calma, le evita las influencias exteriores, y a poco,
le da su seno para alimentarle.
La lactancia natural, es decir, la leche de la
madre dada al niño es infinitamente preferible, porque es el alimento preparado
por la naturaleza para él y cuya composición se adapta a su nutrición mejor que
la de cualquier otro animal. La estadística comprueba que todos los niños
débiles alimentados con el biberón sucumben de inanición durante los primeros
tiempos; mientras que los alimentados al seno de la madre resisten
ventajosamente y pasan bien los días difíciles de la primera infancia. Para que
la lactancia sea más favorable es necesario atender a la buena salud de la
madre y a su alimentación sana, substancial y regulada, lo que dará una leche
de buena calidad, propia para alimentar al niño. Comenzada la lactancia natural
o artificial, se va, progresivamente, administrando al niño alimentos más
nutritivos en relación con: su edad; y una vez practicado el destete, con la
aparición de los dientes, se seleccionan alimentos más confortantes.
Los pulmones en esta época de la vida son de una grande actividad; la
respiración tiene más amplitud; la calorificación más intensa, y por tanto,
toda precaución respecto a los resfríos y corrientes de aire debe tenerse muy presente.
Aparecidos los dientes, suelen observarse, en algunos niños, varios accidentes
nerviosos que alteran la salud, cierta irritabilidad nerviosa, disturbios
gástricos, a veces convulsiones. En todos estos casos las medicinas caseras y,
en su defecto, la presencia del facultativo, es necesaria.
Deber de educar a
los hijos. Cuando el niño ha llegado a los 7 u 8 años es indispensable escoger
para él un buen preceptor a domicilio, si para ello hay recursos, o un colegio
de merecida reputación.
La indolencia de los padres, la tolerancia en todo con los niños que aún
a los doce y catorce años vagan por calles y plazas no reconocen límites; y
siempre, o casi siempre es la madre la causa de esas concesiones inconvenientes
que más tarde procuran tristes desengaños. Respecto a las niñas, es la
atmósfera de ocio en la que se las deja flotar, la causa del tedio y repulsión
a las ocupaciones.
Si en los albores de la infancia se hubiesen destruido los malos hábitos; si se hubiesen
corregido las pasiones desordenadas; si no se hubiesen prodigado mimos y consentimientos,
de seguro la obediencia, el respeto, la gratitud hubiera sido el ornato de sus
hijos. Pero no, (y que me perdonen las madres lo agrio y cierto de estas
verdades) se celebran hasta los chistes burdos y los deslices más descorteses,
disculpándolo todo con la edad, como si el niño no fuera como esas tiernas
plantas que desde que nacen se deben enderezar. La trivialidad marcha así a la par
de los malos propósitos, gracias a esas concesiones imprudentes de las madres,
que son para los niños las puertas abiertas a todos los caprichos y locuras.
Pésimo sistema que de seguro llevará más tarde la desgracia y el vilipendio a
la familia, teniendo en la casa la calamidad de los hijos malcriados y
consentidos.
La elección de un buen preceptor o preceptora es indispensable y no
fácil cosa entre nosotros. En manos del preceptor vamos a encomendar lo que
tiene de más caro el corazón: la ventura de los hijos, el buen nombre de la familia,
la formación de hombres útiles, propagadores de la verdad y del progreso. Ese
humilde preceptor que tantas veces pasa desapercibido es el que debe trasmitir
la verdad, el saber, la virtud, las buenas costumbres. El maestro es un santo y
paciente misionero que va por la inculta tierra de la inteligencia a la
redención de los espíritus.
Los padres deben ser ejemplos palpitantes de cultura y honradez, de
magnanimidad, de prudencia, de justicia. El hogar debe ser la escuela del
carácter. Preceptos y consejos deben traerse a cada instante, siguiendo la
forma objetiva, para excitar la impresionabilidad del niño y hacerlo respetuoso y obediente, cualquiera que sea el rango que ocupe en la sociedad.
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