UNIDAD CENTROAMERICANA

UNIDAD CENTROAMERICANA
El Art. 55 de la Cn. expresa que los fines de la educación son entre otros: "...conocer la realidad nacional e identificarse con los VALORES DE LA NACIONALIDAD salvadoreña, y propiciar la UNIDAD DEL PUEBLO CENTROAMERICANO..."

martes, 8 de marzo de 2016

Altruismo y egoísmo

Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
La sociabilidad es la condición primera del progreso de la humanidad; es una especie de instinto que hace desde remotos tiempos que la familia, la tribu, el pueblo, la ciudad busquen la reunión del esfuerzo común como factor indispensable en la conservación de la especie, y para sumar las utilidades y ventajas de la asociación humana. Así, la familia creó afectos profundos, derechos y deberes indispensables a la existencia. Aquí comenzó a hacerse presente el altruismo mezclado con el amor al emplear los padres su vida, sus recursos, sus anhelos, los sacrificios maternos para criar y educar a sus hijos. Si de la familia pasamos al pueblo, a la ciudad, a la nación, hay ahí un instinto general, bajo cuyo imperio el hombre es impulsado hacia el hombre; busca su vecindad, porque la soledad es un cautiverio que entristece la mente y aniquila toda idea útil, anula las costumbres, endurece el espíritu y lo hace huraño a todos los incentivos que procura la asociación, le sustrae simpatías y sentimientos, alegría, todo lo cual parece una especie de contagio irresistible que se hace sentir en todos los individuos que forman la asociación.

Y luego, constituida la sociedad humana, el hombre tiende a las distinciones, al poder, a los títulos, al rango social, a la riqueza, a la gloria por los méritos y el talento, a la bonanza que procura el trabajo, como necesidades sociales inherentes a la humana naturaleza. Surgen, enseguida, pasiones nobles como el patriotismo, el heroísmo, la caridad, la abnegación, el sacrificio que han ennoblecido el espíritu humano y lo han llevado a realizar todas esas obras de caridad y beneficencia que son manifestaciones sublimes del más acabado altruismo. Gracias al espíritu de éste los siglos XIX y XX han esparcido las más nobles enseñanzas, han glorificado las batallas del derecho, de la libertad, las ejecutorias de la justicia, realizando los descubrimientos más portentosos, las empresas de utilidad pública y exaltado las virtudes cívicas como elementos de la libertad de los pueblos.

Y gracias a este desenvolvimiento del espíritu humano apareció el altruismo de un Washington que no fincó sus glorias en las proezas militares, sino en hacer libres y felices a los pueblos; apareció el altruismo de un Bolívar que creó la democracia y el amor a la nueva patria; sacrificó sus intereses, su familia, expuso mil veces su vida, conjuró la ingratitud y la traición, improvisó, tropas, jefes y oficiales, rehusó honores y riquezas y de victoria en victoria fundó al fin la libertad de cinco Repúblicas, y vino a morir a Santa Marta sin tener segunda camisa que ponerse. Estos dos ilustres varones son la gloria del Nuevo Mundo, honor del género humano, personajes insignes que figurarán en las páginas de la historia entre los más grandes de todos los pueblos y de todos los tiempos. Altruistas fueron Vicente de Paúl, Francisco de Sales, Carlos Borromeo que auxiliaron a los pobres desvalidos, predicaron las virtudes, exaltaron el amor a la humanidad y pasaron su vida consagrados al servicio de todos los hombres.

Altruistas fueron aquellos eximios varones, en época de oscurantismo, opresión e intolerancia, los Lope, Calderón, Rioja, Góngora, Quevedo, Herrera, Tirso, Alarcón, Cervantes, Santa Teresa, Fray Luis de León, Feijoo, Saavedra, que adelantándose a nuestro tiempo, en medio de un pueblo sin adelanto, sin luz, crearon, no obstante para la nación española un mundo de genios, de arte, de ciencia, de virtudes, una literatura excelsa, claridades de libertad, sentimientos heroicos que hicieron de España la nación legendaria del valor y de la audacia. Altruista fue Lincoln que luchó por la libertad de 7 millones de esclavos.

Las pasiones afectivas en el hombre están ligadas por apetitos conservadores y defensivos por un intermediario peligroso: el amor de sí o egoísmo, pasión innoble que absorbe todo el ser del individuo; para él no existe la humanidad, para él sólo existe la gloria, el bienestar, la riqueza, los honores, y erige así, en su interior, un altar a esa deidad rastrera y vil que se llama la idolatría de sí mismo. En esa ara sacrifica en favor de la satisfacción de sus sentidos, oficia por la ambición y la avaricia. Este egoísmo hizo de Julio César un esqueleto con su calvicie prematura; las ansias de oro transformaron a Harpagón y Aulurario, sátrapas humanitarios, en seres enclenques, enfermizos, envejecidos.

Las consecuencias deletéreas y desastrosas del egoísmo, en la sociedad alcanzan proporciones inmensas. Las naciones corroídas por ese germen fatal y devorador, relajan todos, los lazos de unión, de bien estar, de amor social; ese egoísmo estúpido es el que fomenta la discordia, el servilismo, la pérdida de todo sentimiento digno. La grandeza de un país no consiste tanto en la abundancia de sus riquezas, ni en el esplendor de las artes, de la industria o del comercio, sino en la abnegación de sus conciudadanos, en la probidad de sus jefes, en la alianza de todos los esfuerzos, para contribuir al engrandecimiento de la nación y darle a esta toda la pujanza contra la opresión extraña. La ambición de mando y riquezas, egoísmo político, ha causado inmensos males en algunos pueblos de nuestra raza. El egoísta social es peligroso por su indiferencia para el bien general, para el impulso de todo progreso, para cooperar con los demás en los días de infortunios, catástrofes, para dar su óbolo en las obras de caridad, en las empresas, nobles del deber nacional, cuando la patria está en peligro.

El egoísmo ha llegado en la época presente, como dice un notable pensador, a ser un espectáculo desconsolador; no se oculta, se ostenta. No es tenido por pasión vergonzosa, sino por cualidad legítima y aun estimable. Y así lo vemos practicar por naciones civilizadas en las empresas más inicuas por favorecer los más sórdidos intereses; los pueblos al parecer unidos por la conveniencia política y la generosidad, se hacen una guerra económica vinculada en los intereses; dentro de cada país los productores y monopolistas se disputan los beneficios de la protección oficial para aniquilar la competencia y dar pábulo a la más desenfrenada codicia.

Tal es el mundo de pasiones que agita el egoísmo bajo sus diversas formas y que parecido a ese fuego central del orbe que disloca y estremece sus entrañas, arroja también en la sociedad la lava candente que destruye pueblos y naciones.