UNIDAD CENTROAMERICANA

UNIDAD CENTROAMERICANA
El Art. 55 de la Cn. expresa que los fines de la educación son entre otros: "...conocer la realidad nacional e identificarse con los VALORES DE LA NACIONALIDAD salvadoreña, y propiciar la UNIDAD DEL PUEBLO CENTROAMERICANO..."

lunes, 11 de abril de 2016

Las sábanas de la vecina

Una mujer le comenta a su esposo:
- ¡Qué sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero! –– Tal vez necesite un jabón nuevo – ¡Ojalá pudiera ayudarla a lavar las sábanas!
El marido la miró sin decir palabra alguna.
Cada dos o tres días la mujer repetía su discurso, observando siempre a través de la ventana, a su vecina tender la ropa.
Al mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tender las sábanas blancas, como nuevas, limpias; y le dijo al esposo:
- ¡Mira, al fin aprendió a lavar su ropa! ¿Le enseñaría otra vecina?
El marido respondió:
- ¡No! Hoy me he levantado temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana.

Interesante lección
Tanto la que da el esposo al no objetar a su esposa; como la que se infiere del contexto general. Resulta que a veces criticamos sin conocimiento; e incluso, sin pensar que quizás los que estamos mal somos nosotros.

“Todo está en el color del cristal con que se mire”.

jueves, 24 de marzo de 2016

Fraternidad humana

Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Así como el amor es el lazo de unión de los corazones, así la fraternidad humana es la alianza de todas las almas. El amor universal vive en el seno de esa amada madre, la naturaleza, que todos los días da a sus hijos el ósculo de paz. Al aparecer el alba el sol brillante envía sus rayos a todos los senos del planeta e invita a todos los seres de la creación que crujan el espacio en busca de vida y amor. Y en ese festín de la naturaleza el amor alza la copa de la fraternidad y llama a todos los seres a saborear el néctar de la vida y a derramar los raudales de la ternura y la simpatía.

Esto pasa en el gran teatro de la naturaleza, pero en el mundo social de los hombres, esa paz y armonía no existe entre ellos. El hombre, animal privilegiado, que destruye para vivir, se halla dotado de una gran fuerza, la inteligencia, espada de dos filos que ciega existencias por todos lados cubriendo el planeta con el despojo de los pueblos, con la ruina de las ciudades, con el furor de guerras inicuas, con toda clase de horrores.

Pero si esto es verdad, la mirada de los pensadores, de los filántropos, de los apóstoles de caridad, va penetrando en los abismos de la vida, confortando los resortes del progreso, y la voz de la filosofía va lanzando sus rayos de luz hacia los oprimidos, dirige sus imprecaciones sobre los ambiciosos de la tierra, levanta la frente del justo, alza al humilde, aniquila la discordia, ilumina la justicia, hace triunfar la virtud, y aconseja a todos los hombres a vivir como hermanos, a formar del universo una sola familia y a extender la felicidad por todos los ámbitos del mudo. Las razas se unifican; los Estados se federan; los pueblos buscan a otros pueblos por la identidad de la lengua, de las costumbres, de los comunes intereses; y la actual civilización a pesar de sus caídas y de sus errores presenta ya una vasta y halagüeña atracción de pueblos, para ir acercando a las naciones y formar esos núcleos potentes que ensanchan los horizontes del progreso y proveen a su propia seguridad e independencia. 

La civilización, pues, tiende a internacionalizarse. Las ciencias, el pensamiento, el arte no conocen fronteras; los genios nacen en todos los senos del planeta, no reconocen supremacía de lenguas ni de razas. La humanidad se eleva triunfalmente sobre las diferencias nacionales. El dominio de las artes, las exigencias sociales y económicas derrumban las fronteras de los pueblos vecinos, aunque sean rivales; los descubrimientos del uno, como el oro del otro, pasan en una corriente irresistible a los cerebros y a las cajas de amigos y enemigos; es decir, ideas, sentimientos e intereses crean la corriente del internacionalismo, los cimientos de la fraternidad humana.
Solidaridad

martes, 8 de marzo de 2016

Altruismo y egoísmo

Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
La sociabilidad es la condición primera del progreso de la humanidad; es una especie de instinto que hace desde remotos tiempos que la familia, la tribu, el pueblo, la ciudad busquen la reunión del esfuerzo común como factor indispensable en la conservación de la especie, y para sumar las utilidades y ventajas de la asociación humana. Así, la familia creó afectos profundos, derechos y deberes indispensables a la existencia. Aquí comenzó a hacerse presente el altruismo mezclado con el amor al emplear los padres su vida, sus recursos, sus anhelos, los sacrificios maternos para criar y educar a sus hijos. Si de la familia pasamos al pueblo, a la ciudad, a la nación, hay ahí un instinto general, bajo cuyo imperio el hombre es impulsado hacia el hombre; busca su vecindad, porque la soledad es un cautiverio que entristece la mente y aniquila toda idea útil, anula las costumbres, endurece el espíritu y lo hace huraño a todos los incentivos que procura la asociación, le sustrae simpatías y sentimientos, alegría, todo lo cual parece una especie de contagio irresistible que se hace sentir en todos los individuos que forman la asociación.

Y luego, constituida la sociedad humana, el hombre tiende a las distinciones, al poder, a los títulos, al rango social, a la riqueza, a la gloria por los méritos y el talento, a la bonanza que procura el trabajo, como necesidades sociales inherentes a la humana naturaleza. Surgen, enseguida, pasiones nobles como el patriotismo, el heroísmo, la caridad, la abnegación, el sacrificio que han ennoblecido el espíritu humano y lo han llevado a realizar todas esas obras de caridad y beneficencia que son manifestaciones sublimes del más acabado altruismo. Gracias al espíritu de éste los siglos XIX y XX han esparcido las más nobles enseñanzas, han glorificado las batallas del derecho, de la libertad, las ejecutorias de la justicia, realizando los descubrimientos más portentosos, las empresas de utilidad pública y exaltado las virtudes cívicas como elementos de la libertad de los pueblos.

Y gracias a este desenvolvimiento del espíritu humano apareció el altruismo de un Washington que no fincó sus glorias en las proezas militares, sino en hacer libres y felices a los pueblos; apareció el altruismo de un Bolívar que creó la democracia y el amor a la nueva patria; sacrificó sus intereses, su familia, expuso mil veces su vida, conjuró la ingratitud y la traición, improvisó, tropas, jefes y oficiales, rehusó honores y riquezas y de victoria en victoria fundó al fin la libertad de cinco Repúblicas, y vino a morir a Santa Marta sin tener segunda camisa que ponerse. Estos dos ilustres varones son la gloria del Nuevo Mundo, honor del género humano, personajes insignes que figurarán en las páginas de la historia entre los más grandes de todos los pueblos y de todos los tiempos. Altruistas fueron Vicente de Paúl, Francisco de Sales, Carlos Borromeo que auxiliaron a los pobres desvalidos, predicaron las virtudes, exaltaron el amor a la humanidad y pasaron su vida consagrados al servicio de todos los hombres.

Altruistas fueron aquellos eximios varones, en época de oscurantismo, opresión e intolerancia, los Lope, Calderón, Rioja, Góngora, Quevedo, Herrera, Tirso, Alarcón, Cervantes, Santa Teresa, Fray Luis de León, Feijoo, Saavedra, que adelantándose a nuestro tiempo, en medio de un pueblo sin adelanto, sin luz, crearon, no obstante para la nación española un mundo de genios, de arte, de ciencia, de virtudes, una literatura excelsa, claridades de libertad, sentimientos heroicos que hicieron de España la nación legendaria del valor y de la audacia. Altruista fue Lincoln que luchó por la libertad de 7 millones de esclavos.

Las pasiones afectivas en el hombre están ligadas por apetitos conservadores y defensivos por un intermediario peligroso: el amor de sí o egoísmo, pasión innoble que absorbe todo el ser del individuo; para él no existe la humanidad, para él sólo existe la gloria, el bienestar, la riqueza, los honores, y erige así, en su interior, un altar a esa deidad rastrera y vil que se llama la idolatría de sí mismo. En esa ara sacrifica en favor de la satisfacción de sus sentidos, oficia por la ambición y la avaricia. Este egoísmo hizo de Julio César un esqueleto con su calvicie prematura; las ansias de oro transformaron a Harpagón y Aulurario, sátrapas humanitarios, en seres enclenques, enfermizos, envejecidos.

Las consecuencias deletéreas y desastrosas del egoísmo, en la sociedad alcanzan proporciones inmensas. Las naciones corroídas por ese germen fatal y devorador, relajan todos, los lazos de unión, de bien estar, de amor social; ese egoísmo estúpido es el que fomenta la discordia, el servilismo, la pérdida de todo sentimiento digno. La grandeza de un país no consiste tanto en la abundancia de sus riquezas, ni en el esplendor de las artes, de la industria o del comercio, sino en la abnegación de sus conciudadanos, en la probidad de sus jefes, en la alianza de todos los esfuerzos, para contribuir al engrandecimiento de la nación y darle a ésta toda la pujanza contra la opresión extraña. La ambición de mando y riquezas, egoísmo político, ha causado inmensos males en algunos pueblos de nuestra raza. El egoísta social es peligroso por su indiferencia para el bien general, para el impulso de todo progreso, para cooperar con los demás en los días de infortunios, catástrofes, para dar su óbolo en las obras de caridad, en las empresas, nobles del deber nacional, cuando la patria está en peligro.

El egoísmo ha llegado en la época presente, como dice un notable pensador, a ser un espectáculo desconsolador; no se oculta, se ostenta. No es tenido por pasión vergonzosa, sino por cualidad legítima y aun estimable. Y así lo vemos practicar por naciones civilizadas en las empresas más inicuas por favorecer los más sórdidos intereses; los pueblos al parecer unidos por la conveniencia política y la generosidad, se hacen una guerra económica vinculada en los intereses; dentro de cada país los productores y monopolistas se disputan los beneficios de la protección oficial para aniquilar la competencia y dar pábulo a la más desenfrenada codicia.

Tal es el mundo de pasiones que agita el egoísmo bajo sus diversas formas y que parecido a ese fuego central del orbe que disloca y estremece sus entrañas, arroja también en la sociedad la lava candente que destruye pueblos y naciones.

Inviolabilidad de la vida humana

Moral práctica
Dr. David J. Guzmán
Grave y trascendental cuestión es la de la inviolabilidad de la vida humana, más para ser tratada de lo alto de la cátedra jurídica, que del humilde pupitre de un didáctico o filósofo, cuyo fondo de erudición solo puede derivarlo de las enseñanzas morales de las aulas.

Repetir aquí todo lo dicho en pro o en contra de la pena capital, sobre la justicia o injusticia que envuelve, sobre el derecho que unos afirman tiene la sociedad para imponerla y la negativa de otros, por qué ataca los principios de la justicia universal y la felicidad de todas las asociaciones políticas (Beccaria), esto, y más, sería caer en una redundancia inútil.

Apelando a la ley natural esta rechaza el homicidio, y no permite matar a otro, sino en propia defensa. El deber de la propia conservación da el derecho de quitar la vida al agresor. Que la sociedad debe proteger y defender a los asociados, es incuestionable; pero matar para garantizar los ciudadanos es una consecuencia falsa y monstruosa.

La sociedad no se venga, castiga después de madura reflexión. Para castigar un crimen, comete otro más odioso y ejecutado en medio de la seguridad y de la meditación, castigo que tiene todas las formas de la venganza. (En este apartado es preciso reflexionar sobre la transformación de la concepción de la pena como castigo, sus fines quedan establecidos en la Constitución de la República de El Salvador (1983), artículo 27 inciso 3° que a la letra dice: “El Estado organizará los centros penitenciarios con objeto de corregir a los delincuentes, educarlos y formarles hábitos de trabajo, procurando su readaptación y la prevención de delitos”.)[1]

¡Lindo espectáculo el de llevar al patíbulo a un hombre para servir a la ávida curiosidad de un populacho, entre báquicos cantares, para ir a presenciar el último suspiro de un condenado!

¿No sería mejor, más conveniente que las penas fueran de carácter moral, divisibles, remisibles, reparables, ejemplares, correctivas? La pena capital no ejemplariza, ni moraliza, todo lo contrario. Ejemplo de enmienda no da, puesto que es sabido que varios de los que presenciaron esas ejecuciones han caído más tarde bajo la cuchilla de la Guillotina o perforado el pecho por las balas. Ese cadáver que arrojáis a la fosa común os lega una familia sin pan ni hogar, una viuda que se prostituye para vivir, hijos que roban para comer. Dumolard, ladrón a los cinco años, era huérfano de un guillotinado. En 1894 fue ejecutado en Melun un tal Mora, en la misma plaza, donde el año precedente había asistido a una ruidosa ejecución capital. El temor de la muerte no fue para este joven bandido un ejemplo que lo sustrajera de la comisión de sus terribles atentados. No es, pues, justa, ni ejemplar la pena de muerte.

El doctor Cabral dice: «El freno más propio para prevenir el crimen no es el espectáculo terrible pero momentáneo de la muerte de un malvado, sino el ejemplo constante de un hombre privado de su libertad, que está, pagando con su trabajo doloroso, el daño que ha causado.» Mas humanitario y digno de una civilización avanzada es arrancar del patíbulo a un hombre que puede mejorarse, acaso, ser un hombre útil por medio de la enseñanza, de los consejos de la moral, del buen ejemplo; relegado en una penitenciaría, bajo un buen sistema de corrección, de seguridad, de trabajo que lo estimule, que lo moralice, decrecería la criminalidad y desaparecería el afrentoso espectáculo de los cadalsos. Más de once naciones han abolido el patíbulo en sus constituciones, y en nuestra América Central, Costa-Rica, se lleva la gloria de haberla suprimido hace tiempo, sin que por eso sean comunes ahí los grandes crímenes; todo lo contrario. En 1908, Mr. Guyot Dessaigne, Ministro de Justicia, propuso al Parlamento francés un proyecto de abolición de la pena capital, reemplazándola por una nueva pena: el internamiento perpetuo como en Italia (la Constitución prohíbe este tipo de penas); todo acompañado de una documentación admirablemente completa; pero prevaleció el miedo de los legisladores contra todos los argumentos de la razón, de la filosofía, del derecho. Así para los sofistas, defensores del patíbulo, la defensa de la inviolabilidad de la vida humana, es obra solo de los retóricos y filósofos, movimientos de humanitarismos; pero ellos, los sofistas, abultan los crímenes, multiplican el número de criminales, enloquecen a las masas con el espectáculo siniestro de los crímenes, todo por conservar la última de las supersticiones penales del código, resto de barbarie que lleva el espíritu de nuestras leyes.

La Psiquiatría ha abierto nuevos horizontes a la medicina legal, y los médicos criminalistas por medio del estudio de las enfermedades mentales han llegado a la conclusión, de que muchos grandes criminales no son más que enajenados que pueden volverse a la vida normal por medio de un tratamiento adecuado. Mientras llega el día en que nuestros legisladores concluyan con la pena de muerte, iniciemos en la escuela ideas de moral, de religión, de nobleza de alma y sanidad del corazón, de confraternidad y humanitarismo, de todas las virtudes tutelares de la sociedad, que esos grandes elementos sean como los precursores que, en día no lejano, contribuyan a establecer en la atmósfera social primero, y después en el seno de las Asambleas, la ley redentora de la vida humana.

Es necesario reflexionar sobre la concepción del Dr. Guzmán, sin embargo, en la actualidad muchas de las consideraciones referidas se han transformado una y otra vez, a través de las décadas. La crisis delincuencial que se vive en el momento actual hace que algunos sectores se pronuncien a favor de la pena de muerte; ahora bien, sí es de imperiosa necesidad que se tomen medidas para proteger la vida de las personas; pues es obligación del Estado, tal como lo establece el artículo 2 de la Constitución (1983). 

En conclusión, la vida debe protegerse.

Honestidad

La honestidad es un valor moral que consiste en ser y actuar con probidad, rectitud, justicia, sinceridad y veracidad. 
Es la capacidad de una persona para decir la verdad, sobre sí misma o el entorno. 
La práctica de este valor es fundamental en todas las relaciones humanas, tanto de amistad, como en el noviazgo, entre cónyuges, familia, en el trabajo, en fin. La persona honesta es franca, pero también fiel en sus compromisos de estudio, laborales y con el Estado (paga sus tributos).
El leñador
Hace mucho tiempo, en un lejano lugar vivía un leñador con su familia. Todos los días salía a cortar leña, la que luego vendía, así podía conseguir el sustento para su mujer e hijos. 
En una ocasión que regresaba con la carga de leña al pasar por el puente, se le cayó el hacha al río, la que fue arrastrada por la corriente. 
El leñador que era de escasos recursos, muy triste se lamentaba. 
- ¿Qué haré ahora que no tengo el hacha? ¿Cómo conseguiré sustento para mi familia?
De pronto y para su sorpresa apareció en las aguas del río un bella ninfa, quien le dijo:
- Espera buen leñador, yo te traeré el hacha.
La ninfa se hundió en las aguas del río, saliendo luego con una hacha brillante de oro puro; y preguntó:
- ¿Es está tu hacha?
El leñador contestó: 
- No, esa no es la mía.
La ninfa se hunde una vez más en las aguas y saca un hacha de plata, preguntando:
- ¿Es esta?
El desconsolado leñador, le dice tristemente:
- No es mi hacha.
Por tercera vez la ninfa se sumerge en las aguas y esta vez emerge con un hacha de hierro en sus manos; y pregunta:
- ¿Es esta el hacha que se te cayó?
Muy contento el leñador contesta:
- Esa es mi hacha.
El leñador agradeció a la ninfa, quien le dijo:
- Dejaré que conserves el hacha de oro y la de plata, porque a pesar de tu necesidad, fuiste honesto y dijiste la verdad. 

viernes, 26 de febrero de 2016

Deberes de caridad

Moral práctica
Dr. David J. Guzmán

Nada hay que perfeccione más al hombre que ese sentimiento grandioso que se llama amor. Nada hay que le santifique más, que el espíritu de caridad. Cuando la aurora rasga su manto de luz y nos presenta un anciano enfermo, un débil niño, un menesteroso cargado de andrajos y miseria, del fondo del firmamento parece descender sobre ellos una hada encantadora coronada de estrellas, llena de ingentes dones y de religioso silencio: es la caridad. Porque la caridad es luz vivificante que hace evaporar las lágrimas del sufrimiento que suben al cielo como mudo testimonio del dolor sobre la tierra, como una plegaria de los que sufren trasmitida a Dios por la voz de los ángeles. En el orden de la perfección la caridad es superior a la fe y a la esperanza, porque estas virtudes no son más que las alas de la caridad, en la que brilla el pensamiento divino. Por eso ha descendido del cielo para fortalecer el corazón del hombre y le ha inspirado esos esfuerzos generosos que bajo la forma de fiestas mundanas, de visitas domiciliarias, de asilos, hospicios y hospitales son el alivio poderoso de nuestros semejantes. La caridad se abre paso a través de la tierra y llega al dolorido seno de todos los pueblos como un océano luminoso, cuyas aguas redentoras inundan de amor todos los corazones, consuelan y alivian las almas desfallecidas, las esperanzas muertas, los estragos de la miseria.

Ella es mensajera divina que se acerca a todos, los que lloran y les reparte esperanza y alegría; ella lleva las gracias que el Señor envía a los tristes que moran en la tierra y conforta al moribundo que exhala sus últimos suspiros; da de beber al sediento, de comer al hambriento, salud al enfermo, ropa al desnudo, descanso al peregrino, libertad al preso, tumba al muerto, luz al ignorante, fortaleza a la razón, correctivo a los errores, consejo al ignorante, perdón a la injuria, y eleva a Dios por todos la plegaria. El que ejerce este sublime sacerdocio, recoge en la tierra las bendiciones de los hombres, y en el cielo, el amor de Dios, porque la caridad es la sublime identidad de Dios con el alma de la humanidad.

Por eso brilla la caridad, como fúlgida estrella, sobre la frente de la mujer piadosa; por eso nuestras madres, santas ya por su misión sobre la tierra, están rodeadas por esa estela luminosa que dirige al virtuoso y le ata al cielo con esa maravillosa cadena tendida sobre el curso infinito de los siglos.

La limosna es una de las formas de la caridad y la oración en práctica. Es el rédito de nuestro capital en el cielo, y, como decía el gran Fenelón, es letra de cambio sobre la eternidad, que allá encontraremos pagadera a la vista. El hombre siempre mira la mano con que da y da lo necesario; la mujer da lo necesario y da también su corazón.

La solidaridad humana es una prueba evidente de que la virtud crece y se desarrolla fecunda en el corazón humano. Gracias a ella se construyen hospitales, hospicios, dispensarios y asilos en donde la beneficencia pública asiste, cura y enseña a los desvalidos; la caridad privada reparte limosnas, vestidos, medicinas, alimentos y practica visitas domiciliarias a los pobres; funda sociedades de socorro. Sala-cunas, Gotas de leche que multiplican sus obras de misericordia sin buscar gloria ni honores, sino la aspiración espontánea del corazón, confortando a todos con su afecto inteligente y caritativo. Si la infancia está protegida por los esfuerzos de la caridad, también ha dirigido su mirada hacia la ancianidad provecta, enferma y desvalida, hospitalizando a los ancianos en establecimientos cómodos e higiénicos, donde los viejos encuentran generoso abrigo y sustento en las postrimerías de su tormentosa vida.

Trasmitir a los niños estos sentimientos desde las bancas de las escuelas, es la misión más noble del maestro; es crear almas sensibles, generosas, desprendidas, como las de un Vicente de Paúl, de un San Martín, de un Luis IX, un Fernando III y una reina como Isabel de Hungría; es formar corazones como los de esos grandes filántropos que son la gloria de la humanidad y el amparo de los desgraciados.